En busca de los tres reyes animales

12,00

Cartas a un joven narrador

Categoría:

Descripción

Título: En busca de los tres reyes animales
Autor: Pep Bruno
Ilustración de portada: Juan Bruno
ISBN: 978-84-09-09224-6
Nº de páginas: 112

sobre el autor

Pep Bruno (Barcelona, 1971) es narrador oral profesional desde 1994. En estos 25 años ha contado cuentos para todo tipo de público por España y por países de Europa, África y América. Ha escrito 25 libros de cuentos (como Cosas que pasan, Los días pequeños, Escarabajo en compañía…) y decenas de artículos sobre narración oral y animación a la lectura. También imparte formación y ha publicado recientemente un libro informativo, para niños y jóvenes, sobre narración oral titulado Contar.

la contraportada

“¿Quién soy yo? Yo soy el Rey de las Águilas, y en estas páginas he preservado el recuerdo de unos días muy especiales, unos días cuyas palabras perviven aún en nuestras bocas y en nuestros corazones. Si quieres saber por qué, adelante, sólo tienes que abrir este libro y dejarte llevar por su historia.”

Pep Bruno es narrador oral y ha escrito este libro –mitad novela, mitad libro informativo– que es un mapa y, al mismo tiempo, una invitación para adentrarse en los vastos y hermosos parajes de la tierra oral.

así empieza el libro

LUNES

Jaime salió de casa con la mochila llena de libros sin cerrar y la chaqueta en una mano. Le costaba levantarse los lunes, se le hacía tarde remoloneando entre las sábanas. A su familia le gustaba mucho salir al campo de excursión los finales de semana y el domingo solía caer en la cama rendido y feliz, nos decía.
Ese lunes su padre tuvo que llamarle hasta en tres ocasiones y, cuando por fin se levantó y fue a desayunar, la leche se había enfriado y apenas le quedaba tiempo. Comió dos o tres galletas a toda prisa, se tragó la leche en un suspiro y volvió corriendo a su cuarto para vestirse, lavarse y salir al colegio.

Iba caminando por la calle mientras se ponía la chaqueta, cerraba la mochila y se la colgaba a la espalda. En la esquina de la residencia de mayores le estábamos esperando Andrés y yo. Nosotros éramos sus mejores amigos y solíamos quedar ahí para ir juntos al colegio.

–Siempre pasa lo mismo –dijo Andrés–, todos los lunes se te pegan las sábanas.

–Lo siento –respondió Jaime–, intento evitarlo, pero los lunes la cama es como una trampa mortal.

Andrés y yo nos miramos y sonreímos: cuando Jaime hablaba de los lunes como “una trampa mortal” era el momento en el que, de verdad, comenzaba la semana.

–¿Habéis hecho los deberes? –pregunté yo.

–¡Bah, no había muchos! –contestó Andrés–, además Tamara nos dijo que fuéramos curioseando sobre el tema que estudiaremos esta semana.

–¿Lo de la tradición oral? –preguntó Jaime.

–Sí, eso mismo –respondió Andrés.

–¿Y ya has mirado algo? –volvió a preguntar Jaime.

–Sí, mis padres y yo hemos buscado información en casa y en el pueblo, pero no es sencillo, el tema es, lo que se dice, ¡una trampa mortal! –exclamó Andrés, y los tres nos echamos a reír.
Así fue como empezamos la semana, como todas las semanas de aquel curso, yendo juntos a la escuela, charlando, riendo, sin saber que esos días iban a ser diferentes.

Las puertas del colegio ya estaban abiertas y en el patio se iban formando las filas de niños y niñas que apuraban los últimos minutos antes de que comenzaran las clases hablando o jugando.
Andrés, Jaime y yo íbamos a la misma clase, y así había sido desde que podíamos recordarlo. Compartíamos un buen puñado de anécdotas y recuerdos y no era raro que de vez en cuando nos echáramos a reír si algo, cualquier detalle cotidiano, nos hacía evocar un momento feliz de nuestra historia. Nuestras familias acabaron por conocerse y estrechar lazos a fuerza de años de amistad entre nosotros, y era habitual que al menos un par de veces al año saliéramos de excursión todos juntos.

Nuestra clase estaba en la segunda planta del colegio, al final del pasillo. Ese era el lugar que ocupaban las aulas de sexto: más allá no había nada. Desde que entramos con tres años en el colegio, curso tras curso, habíamos ido cambiando de clase, avanzando en dirección a la segunda planta y hacia el final del pasillo. Y ya en sexto, tras nueve años en la escuela, habíamos llegado allí, a la última aula, y la vaga idea de que más allá no había nada se iba materializando, iba tomando cuerpo, haciéndose sólida como un muro al final de un pasillo.

Jaime, Andrés y yo hablábamos de ello en alguna ocasión. Parecía como si todo lo que la escuela nos pudiera ofrecer estuviera ya agotado, vivido, como si se acercara la hora de dar el salto a otro lugar lleno de nuevas posibilidades, otro mundo para explorar. Esta sensación la teníamos agarrada al pecho desde los primeros días de curso y no terminábamos de olvidarla: cada día que pasábamos en sexto era un día menos en la escuela y un paso más hacia el final del pasillo de la segunda planta. Pensar en ello por un lado nos entristecía pero, por otro, nos alegraba: la perspectiva de la novedad hace correr la sangre más rápido por tus venas, decía mi padre y, hasta este año, yo no había entendido qué quería decir.

En realidad pienso que no me preocupaba mucho esa incertidumbre que me provocaba abandonar el colegio y pasar al instituto. Creo que lo que de verdad me producía desasosiego era la posibilidad de perder a mis amigos: el salto al instituto lo veía como pasar de un pequeño río en el que conocíamos todas las pozas y remansos a un río mayor, con mucha más agua y fuerza. Pensaba que tal vez al llegar a ese río las corrientes nos separarían y la vida seguiría, aguas abajo, sin que volviéramos a encontrarnos.

Cuando alguna vez le contaba esto a mis amigos, ellos respondían de manera muy diferente: Jaime decía que tendría que ser muy fuerte esa corriente del río, porque él era un gran cabezota y no iba a permitir que nada nos separara. Andrés, sin embargo, se reía y solía decir que a él no le daban miedo los riachuelos ni los ríos, él era un gran nadador y se encargaría de que todos nos mantuviéramos a flote y juntos.

Yo, sin embargo, no las tenía todas conmigo y ese pensamiento era como una piedra en el zapato que, paso a paso, día a día, me dolía.

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