Vean ve, mis nanas negras

12,00

Categoría:

Descripción

Título: Vean ve, mis nanas negras
Autor: Amalia Lú Posso Figueroa
Ilustración de cubierta: María Reyes Guijarro
ISBN: 978-84-938409-5-2
Nº de páginas: 172

sobre la autora

Nací y crecí en Quibdó, me mojó el aguacero, me abrazó el calor, el viento me levantó la falda empapada en sudor; el pacó y el manduro aromaron mi espacio, el borojó y el marañón pusieron sabor en mi lengua, el río Atrato llevó mis ojos a viajar, la chirimía con su música enseñó mi cuerpo a cimbrear, y mis nanas negras llenaron de fantasías las interminables tardes plenas de relatos bulliciosos, acariciándome, al mismo tiempo que borboritaban las palabras en zigzag. En ese momento no lo imaginaba, pero lo supe después: mis nanas negras me enseñaron a disfrutar al milímetro la riqueza del cuerpo, me metieron en el corrinche de gozar con todos los ritmos que tiene mi cuerpo.

Después, mucho tiempo después, la Universidad Nacional de Colombia aceleró el ritmo de mi cerebro, formándome como psicóloga, para que ayudara a desacelerar el ritmo del cerebro de los demás. Allí se disparó el ritmo de mi lado izquierdo y aprendí que el más justo de los ritmos es el que te permite pelear por el bienandar de los demás.

Trabajé muchos años formando niños y jóvenes en el buen sentido del ritmo, me adentré en todos los vericuetos del arte, hice y hago psicoterapia con ritmo y ahora escribo cuentos, que me han permitido reencontrar los sonidos de mi selva, el gusto de caminar descalza sobre la arena mojada, la carcajada espontánea y la picardía de mis gentes. Todo bajo la mirada amorosa y estricta de Valentina y Yohir Akerman Posso, que son lo mejor que la vida ha traído a mi ritmo.

la contraportada

Los cuentos que Amalia Lú recoge en este libro son ritmo y son baile, por eso suenan, vibran, palpitan. Cuentos que al ser leídos nos piden levantarnos y danzar al pulso de tambores y chirimías del Chocó. Pero no solo.

Estos cuentos también son piel y corazón, son cuentos pegados a la boca, al ojo, al cuerpo, cuentos que acarician y muestran la alegría de los días, la fiesta de estar vivo. Cuentos plagados de erotismo sutil y festivo, cuentos gozosos.

Abrir este libro es viajar hasta Colombia, hasta ese rincón de Chocó donde la piel es negra, la tierra fértil y los días se suceden a ritmo de nana.

Amalia Lú Posso Figueroa, nacida en Quibdó (Chocó, Colombia) en 1947, vinculada durante veinte años a la Universidad Nacional de Bogotá, es una narradora de gran prestigio internacional que va llevando sus Nanas negras por todo el mundo.

Leer estas páginas es sentir el ritmo y la voz de una cuentista extraordinaria. Una experiencia inolvidable.

un cuento

La nana Fidelia Córdoba tenía el ritmo en las tetas. Había nacido a orillas del río Sipí y tenía unas tetas turgentes, redonditas como dos corozos, con unos pezones retráctiles que además poseían sentido de orientación: eran al tiempo brújula, sextante, rosa de los vientos, escandelo, sondaleza, cuadrante y astrolabio.

Los pezones de las tetas de la nana Fidelia señalaban al norte y al sur, al oriente y al occidente, arriba y abajo, al centro y adentro; marcaban siempre la ruta correcta.

Los pezones de las tetas de la nana Fidelia eran el orientador, el rutero, la salvación de cuantos perdieran el rumbo en el agua o en la tierra, pero sobre todo en el agua. Los pezones de las tetas de la nana Fidelia debían ser del signo Escorpión, porque se movían como pez en el agua.

Una vez se armó un paseo en lancha. Al grito de “al embalcal” se montó un gentío, todo el mundo con vestido o pantalón de baño, sombrero y gafas para el sol, aguardiente Platino para subir el color de las mejillas y el calor del cuerpo en general y gargantas aclaradas que cantaban Un potro que aguabajo venga. Y arrancó la lancha, Atrato arriba, en medio del corrinche y la algarabía.

El agua del río salpicaba los rostros con fuerza y sus gotas se sentían como alfileres pinchando la piel; el sol, que al principio era abrasador, fue soltando el abrazo hasta ocultarse detrás de los platanales que estaban a la orilla del río. De pronto se nos perdió. Al oscuro metí la mano, cantó alguien en la lancha momentos antes de que ésta se detuviera sin motivo y sin razón. Pero se detuvo, en medio de la noche y en la mitad del río Atrato.

En un principio la algarabía se mantuvo y no faltó quien aprovechara la parada para echarse un chumblum-chumblum; alguien ofrecía Platino, hasta que el boga anunció que el motor fuera de borda, el Johnson, no respondía al primer jalonazo ni al quinto, que se había quedado como muerto, que él no sabía qué hacer, y lo que era peor: no sabía dónde estábamos.

La orilla no se divisaba. Ninguna de las orillas. Primero nos tramó el silencio, para dar paso a la intranquilidad, que en poco tiempo se explayó en angustia.

Todos hablaban al tiempo indicando qué hacer; Abdo se lanzó al agua para nadar alrededor de la hélice y verificar si estaba enredada en alguna raíz; nadó un buen rato, o naduvo, como dijo alguien desde la lancha, pero no había raíces, y el miedo empezó a recorrer las pepas de ojos de la gente, que era lo único que brillaba en la cerrada noche.

Como de costumbre, el aguacero no se hizo esperar y fue entonces cuando los pezones de las tetas de la nana Fidelia encontraron su elemento en el agua; el astrolabio, el sextante, la rosa de los vientos, de los rosetones que tenían por pezones las tetas de la nana apuntaron en una dirección y así, en medio de la oscuridad, en la mitad del río Atrato, todos los que podían empezaron a hacer avanzar la lancha utilizando los canaletes y cuando el lecho del río lo permitía, la palanca de recatón. Pasó mucho tiempo, largo tiempo, larguísimo, nadie supo cuánto, hasta que de improviso la lancha tropezó contra algo: era la orilla de un pueblo a oscuras, habíamos entrado al Andágueda y la orilla, era la orilla de Lloró.

La emoción hizo que todos bajaran en tropel de la lancha.

Nadie supo qué sondaleza, qué astrolabio, qué rosa de los vientos nos había llevado a tierra; sólo la nana Fidelia, que agradeció primero a su pezón izquierdo, después a su pezón derecho y sonrió con amplitud. Sus blanquísimos dientes fueron lo último que la oscuridad dejó ver esa noche.

Otro día de un caluroso verano había mucha gente reunida disfrutando las frescas aguas del río Sipí; un grupo de mujeres pelaba plátano y relajaba los pescados para cocinar el tapao en un improvisado fogón que se atizaba al vaivén de las pepenas, mientras que una negra fumaba tabaco-para adentro, dejando que la candela y el humo llenaran su boca; le faltaban cuatro dientes al frente, seguramente por dicha práctica, pero eso facilitaba su labor; las gaseosas se refrescaban dentro del río y dos muchachos improvisaban un tu-ru-ru-ta-ta golpeando un destapador metálico contra unas botellas vacías; dos mujeres viejas se bañaban con totuma en la orilla, con un largo y púdico chingue de popelina pegado al cuerpo, dejando transparencias que hubieran intran- quilizado a los hombres si sus carnes hubiesen sido más jóvenes; entre tanto, otra mujer aprovechaba el tiempo y el agua para restregar la ropa en el rallo, después de untarla abundantemente con la bola de jabón. Una negrita de trenzas ponía el mogo del queso en la mano acunada para coger cocó, una minúscula sardina que sabe delicioso cuando se la frita.

De un momento a otro se creció el río Sipí. Lo primero que arrastró fue la olla con el tapao, luego las gaseosas, el rallo y la bola de jabón, sin dar tiempo a nada distinto del asombro; dejó a todo el mundo reducido a un estrechísimo borde con la espalda pegada a unas piedras altísimas y el frente expuesto a un río que crecía y crecía por segundos. Las gentes sentían, todas al tiempo, que estaban en una sinsalida, que el río les había jugado una mala pasada.

Casi sin pensar, empezó a oscilar la brújula de los pezones de las tetas de la nana Fidelia, hasta que se detuvo cuando el retráctil pezón izquierdo señaló un vado en el río, un bamboleante y rítmico vado por el que se fueron sumergiendo una por una todas las gentes atrapadas en la creciente del río Sipí, para encontrar al salir la exuberancia de una selva que se ofrecía apabullante pero segura: era tierra firme.

La última en salir al otro lado fue la nana Fidelia, quien dirigió una mirada agradecida, primero al pezón izquierdo y luego al pezón derecho.

Era como haber nacido de nuevo, en otro tiempo, en otra era; es decir, exactamente en otro ritmo, el ritmo de los pezones de las tetas de la nana Fidelia.

Pero una vez, una única vez, la nana Fidelia sintió el amor, con vehemencia, con fuerza, con desazón y se dejó ir; se dejó resbalar hacia un amor profundo, vital, enloquecedor y peligroso; fue así como perdió el sentido de orientación.

Él se llamaba Katol Landó. Era blanco y mucho mayor que Fidelia Córdoba en años, pero no sólo en años, en experiencia y marrullería también. La convenció de que la amaba y así empezó a utilizar el sentido de orientación de sus tetas en beneficio propio. Se la llevó a vivir a la orilla del mar, donde él recogía paquetes que aviones sonámbulos tiraban a un punto fijo por las noches a altas horas de la noche y para eso la brújula corporal de Fidelia era algo así como un milagro; el pezón derecho, el pezón izquierdo apuntaban directamente en la noche al lugar exacto de caída: no había error, era la precisión detectada por el pezón. Esto era algo más que la perfección que esperaba Katol, por eso la usó, la usó extensamente en su beneficio.

Fueron muchos, muchísimos los paquetes forrados en plástico que recogió Katol con la orientación exacta del pezón de Fidelia y nunca le dijo qué era lo que detectaba su pezón; siempre lo evadió y Fidelia siguió siempre cegada por el amor, localizando cada noche sin luna los paquetes que caían al mar desde el avión, sin que nunca ni ella ni su pezón supieran de qué se trataba.

Una de esas oscuras noches sin luna, Fidelia salió y puso a trabajar el ritmo de su pezón para Katol, pero nunca volvió; nadie supo si el mar se comió todo: a Fidelia y su pezón, la barca y a Katol.

Era incomprensible que, con la orientación que a Fidelia le proporcionaban el pezón izquierdo de la teta izquierda y el pezón derecho de la teta derecha, ella, la barca y Katol perdieran el rumbo en el mar; no había una comprensible explicación, no había un entendimiento ni mayor ni menor. El mar con toda su inmensidad y profundidad, no tenía cómo ganar la partida a Fidelia Córdoba; el mar no tenía, nunca tuvo, nunca tendrá un par de tetas turgentes del tamaño de los corozos; el mar nunca tuvo un astrolabio, nunca tendrá una sondaleza y mucho menos un sextante o una rosa de los vientos que le permitan saber en qué dirección se mueve.

El mar nunca tendrá el ritmo en las tetas, como la nana Fidelia Córdoba.

más información

Aquí tienes más información sobre el libro.

Aquí puedes ver a Amalia Lú contando uno de sus cuentos.

Valoraciones

No hay valoraciones aún.

Sé el primero en valorar “Vean ve, mis nanas negras”

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *