sobre el autor

Pep Bruno (Barcelona, 1971) vive en Guadalajara, tierra fértil en cuentos, desde los siete años. Deseó siempre ser escritor y ya de niño escribía y soñaba historias, así, de una manera natural, el camino que trazaron sus años de formación y trabajo desembocó en un oficio casi insólito: narrador oral.

Pep Bruno vive para contar cuentos, de viva voz o de pura tecla, pero contar, siempre contar, y siempre abrazado a la ficción.

Ha escrito varios libros de cuentos para adultos: Papeles de don Tadeo , ed. AH, y en esta misma editorial 99 pulgas (con Pablo Albo y Félix Albo) y Cuaderno de imágenes .

También tiene publicados varios álbumes ilustrados en editoriales tan prestigiosas como OQO, Kalandraka, Edelvives, etc. Dos de estos libros han merecido reconocimiento internacional.

la contraportada

Un despertador que suena, un río en calma, una reunión de trabajo, una cena con amigos, un maletín siempre cerrado, una hermosa mujer con unas gafas rotas, una piscina, una caja de supermercado... El tranquilo discurrir de los días es el motivo central de este libro en el que continuamente tropezamos con lo extraordinario de la normalidad que nos rodea.

Cosas que pasan es una colección de cincuenta y cuatro cuentos que extrañan la realidad, que ven en lo cotidiano la aventura de lo imposible y que encuentran en el día a día un mundo asombroso.

Pep Bruno, escritor y narrador oral profesional desde 1994, mira con curiosidad la vida y encuentra en ella motivos continuos de asombro, como demuestra este libro que el lector, la lectora, tiene ya entre sus manos.

un cuento

El Espectáculo

Tenía una terrible desazón. Eran meses de mucho trabajo y no había caído en la cuenta hasta esa misma mañana. Es imposible, me decía mientras conducía despacio por la inevitable carretera. Yo ya había estado trabajando en ese pueblo no hacía ni tres semanas. Era imposible que me hubieran contratado de nuevo para el mismo espectáculo, sabiendo como sabía que en ese pueblo no había más de veinte niños. ¿Cómo se iban a gastar otra vez esa cantidad de dinero para que los niños, de nuevo todos los mismos veinte niños del pueblo, volvieran a ver lo mismo, de igual modo y con las mismas marionetas? Seguramente se trataba de un error mío, con tanto jaleo de fechas, tanto trabajo, tanta carretera, debía haberme confundido y ahora me encontraba viajando de nuevo hacia ese pueblo para, con casi total seguridad, llegar y tener que darme la vuelta y kilómetros de nuevo y sin cobrar ni un euro y todo el día perdido al volante.

Llegué al pueblo cansado de pensar en ello. Pregunté al mismo viejo que la otra vez, que estaba apoyado en la misma esquina a la misma sombra. Me indicó el camino previsto hacia el ayuntamiento. A la hora convenida (idéntica a la de semanas atrás) llegué y allí, en la puerta del ayuntamiento, me esperaba la misma concejala de cultura. Hola, me dijo, soy Encarna, la concejala, quien contactó contigo por teléfono. Yo ya sabía que la concejala se llamaba Encarna y que me diría eso que me dijo, porque así había sido tres semanas atrás. Estaba esperando algo que rompiera este espejismo, pero ella seguía hablando como si nada, como si no nos hubiéramos visto en la vida. Juntos fuimos hacia el salón de actos del pueblo (yo ya lo conocía, hasta recordaba dónde estaba la toma de luz y el camerino). En la puerta esperaba la chiquillería, los mismos únicos veinte niños del pueblo. Ninguno pareció reconocerme. Yo esperaba alguna exclamación del tipo ¡¿otra vez el de las marionetas?! Si estuvo aquí hace nada... pero nadie se quejó, nadie refunfuñó. A mí me sonaban todas sus caras.

Si se trataba de una broma o una tomadura de pelo, no lo sabía. Yo me hacía el loco, como ellos, e iba montando mi teatrillo de guiñol. Después, como quien no quiere la cosa, las sillas se llenaron de público, el mismo exacto público que tres semanas atrás. Di comienzo a la función: no cabía duda, estábamos todos locos, parecía que era la primera vez que veían el espectáculo. Yo seguí a lo mío con las marionetas, pero, asombrado, no podía dejar de fijarme. Todas esas caras, todos esos gestos de sorpresa y de asombro... eso ya lo había vivido yo, exactamente igual, tres semanas atrás. Todo era lo mismo, sólo yo parecía desentonar con mi cara de asombro y mi perplejidad cada vez mayor.

Cuando de pronto, como en un fogonazo, comprendí de qué se trataba. La pista me la dieron dos niñas pequeñas sentadas en un rincón, cuchicheando: no miraban a las marionetas, me miraban a mí, y sonreían. Sí. Lo entendí. Fue como la luz del relámpago. Dejé de hacer el teatrillo, pedí luz de sala y sí, era cierto, era fabulosamente cierto, me puse a aplaudir a rabiar, había sido increíble. Todo el pueblo, todo, todos los niños y sus adultos, todos, habían estado actuando para mí, una función única para un único espectador: yo. Me sentí halagado y honrado, ellos se levantaron de sus asientos y saludaron con grandes sonrisas, realmente estaban felices por haber llegado tan lejos y haberlo hecho tan bien.

En mi viaje de vuelta no dejaba de pensar en lo bien que había estado la función ¿cuántas veces habrían tenido que ensayar para conseguir esa perfección asombrosa que cuidaba hasta los mínimos detalles? Sencillamente genial, me repetía, mientras conducía despacio hacia mi casa.