Por qué contar cuentos en el Siglo XXI

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Descripción

Título: Por qué contar cuentos en el Siglo XXI
Autor: Andrés Montero
Ilustración de portada: Raquel Marín
ISBN: 978-84-09-23091-4
Nº de páginas: 106

sobre el autor

Escritor y narrador oral chileno. Junto a Nicole Castillo fundó en 2012 la Compañía La Matrioska, con la cual ha recorrido todo Chile y más de diez países de América y Europa realizando funciones y talleres de narración oral. Es director de la Escuela de Literatura y Oralidad Casa Contada y productor del Festival Internacional de Narración Oral ChileCuentos.
Como escritor, ha publicado las novelas Taguada y Tony Ninguno; los libros juveniles En el horizonte se dibuja un barco y Alguien toca la puerta. Leyendas Chilenas, y el libro de cuentos La inútil perfección. Ha recibido diversos premios, entre los que destaca el X Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska por su novela Tony Ninguno.

la contraportada

“Porque contar un cuento es como quitarle el polvo a la experiencia humana. Contar un cuento es acercar el mundo al mundo. Es hacerse cargo de lo que otros –o uno mismo– ha vivido, pensado y reflexionado, experiencia que debe compartirse por la sencilla razón de que no es urgente, sino importante. Y lo que nos hará libres no será lo urgente, sino lo importante. Y lo que nos permita decir que hemos venido a este mundo a vivir, y no a sobrevivir, no será lo urgente, sino lo importante”.
A través de anécdotas de narradores orales que trabajan en Hispanonoamérica, Andrés Montero construye este entretenido ensayo que defiende la importancia de contar cuentos por la memoria y la identidad, por el dolor y por la fiesta, por la libertad y la imaginación y, muy fundamentalmente, por la unión de la humanidad.

así empieza el libro

¿Qué significa ser narrador de historias en el siglo XXI? ¿Qué responsabilidad trae aparejada este oficio ancestral y emergente? ¿Qué significamos cuando contamos cuentos?
Para intentar responder a esta pregunta, traeré de mi memoria de lector una de las tiras cómicas de Mafalda, la genial historieta de Quino de la cual me declaro, como tantos, fanático empedernido.
Se trata de aquella donde la niña argentina se encuentra con unos obreros que realizan obras en el subsuelo. Entusiasmada, les pregunta si están buscando las raíces de lo nacional, pero ellos responden que no, que solo se trata de un escape de gas. Mafalda continúa su camino decepcionada y piensa: “Como siempre, lo urgente no deja tiempo para lo importante”.
No será nunca fácil responderse para qué vinimos al mundo, qué es lo importante de la vida. Toda posible respuesta es en sí una enormidad: conocer, aprender, disfrutar, crecer, pensar, vivir, amar. No sé si sea posible ponerse de acuerdo, pero sí creo que es posible determinar para qué no hemos venido: seguro que no solo a sobrevivir, simplemente a aguantar.
Y sin embargo, eso es lo urgente: sobrevivir. No es posible realizar nada lo importante –o al menos es mucho más difícil– si se tiene hambre, o frío, o se está enfermo, o se está, en fin, incómodo.
Desde siempre, los humanos hemos dado especial prioridad a nuestras labores urgentes. Cazar y recolectar. Buscar y construir refugios. Domesticar, cultivar y cosechar. Crear objetos que faciliten lo anterior: vasijas, cuchillos, mazos, antorchas, látigos. El lamentable sino de nuestra especie es la infinitud de nuestras urgencias. Quizá, en algún momento de nuestra evolución podríamos habernos conformado con lo esencial, con el refugio preciso, el alimento necesario, el abrigo y un regular cuidado de la salud. Una vez cubiertas las verdaderas urgencias, tendríamos mucho más tiempo para lo importante. Pero eso no va con nuestra especie. De modo que fabricamos y seguimos fabricando (y no vamos a dejar nunca de hacerlo) mejores refugios y mejores abrigos, mejores vasijas y mejores antorchas, mejores herramientas, alimentos más duraderos y sobre todo más abundantes –ya no importa si nos alimentan o no–, y así criamos más animales para matar más animales, y ya desde los últimos años fabricamos muchas más cosas que duran cada vez menos y entonces las botamos al mar: la producción es un completo disparate.
Hemos querido llegar más lejos, pero solo hemos inventado más urgencias, y cada vez hay menos tiempo para lo importante.
No es extraño entonces que la división trabajadora esté conformada fundamentalmente por sectores productivos, que hace mucho rato que no se dedican a saciar las urgencias sino, sobre todo, a crearlas. Y así es como hace treinta años nadie tenía un teléfono móvil, y así es como hoy debemos regresar a nuestras casas si nos damos cuenta de que se nos ha quedado el mismo objeto que hasta hace poco nadie necesitaba porque no existía.
¿Qué otras urgencias nos tendrán preparadas los creadores de urgencias?
La mayoría de los seres humanos dedican algo menos de ocho horas a dormir y algo más de ocho horas a trabajar. Las restantes ocho horas del día suelen disolverse en lo urgente: trasladarse, alimentarse, solucionar problemas. A los adultos no les queda tiempo para jugar –y con la absurda cantidad de tareas que envían los colegios a los niños, tampoco a ellos–, pero siempre encontramos la forma de distraernos, generalmente durante el fin de semana, en encuentros sociales (donde, no hace falta decirlo, sorprende la utilización desenfrenada de las redes sociales virtuales que creamos, paradójicamente, para estar más conectados).
Como sea, todavía nos queda algo de tiempo diario para vivir y no solo sobrevivir. Son las breves horas –acaso minutos– donde tenemos experiencias vitales que podríamos definir como importantes, que no urgentes. Y sin embargo, la experiencia vital queda coja cuando no se logra reflexionar sobre ella. Sin duda estamos en constante aprendizaje, pero no es fácil reconocer en qué consistió aquello, ni por tanto aprehenderlo, y luego recordarlo, si no nos detenemos a reflexionar.
¿Pero en qué momento?
Hay una necesidad latente, invisible y casi inconsciente de verter nuestro aprendizaje vital en alguna parte, ya sea hacia los demás o en un diario de vida o donde sea. Esta necesidad tuvo mejores días, sin duda. Había más conversación cuando había menos tecnología. A mi juicio, esta necesidad de compartir las reflexiones que realizamos explica algunos fenómenos como las largas conversaciones “para arreglar el mundo” que surgen cuando hemos bebido algunas copas y lo urgente pierde urgencia. Quizá es por eso que los borrachos hablan sin parar: hemos encontrado de pronto un espacio para comunicarnos. Lamentablemente, muchas veces no recordamos bien en qué consistió esa comunicación, o lo hacemos trabados, sin demasiada coherencia.

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